LETRAS PARA LA PARTIDA DE UN OBRERO DE LA CULTURA

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 A CARLOS MASSARDO

 Muy despacito sobre el abismo volaré.
Abajo el sol.
Lloro.
Andrés Ciro Martínez

No habré tenido más de quince años cuando, ya imbuido por un afán literario, ingresé a Puerta 2, la librería de la Casa de la Cultura, que atendía un hombre espigado, de casi dos metros de alto, y quien tras los anteojos observó atento mi merodeo por los anaqueles henchidos de literatura nortina. El joven que fui no buscaba nada de aquello, sino lo de siempre, poetas malditos o cualquier cosa, por poca plata, que lo hiciera salir, libro al pecho, sintiéndose cool.

En suma, aquella fue la primera vez que vi a Carlos Massardo y no cruzamos una puta palabra. Ahora es uno de mis amigos más preciados, comentario que podría soltar cualquier persona enclavada en el “mundillo artístico provinciano”; pues Carlos, Carlitos, dio todo de sí por la cultura, el arte y la amistad.

Años después, yo ya un licenciado en letras volviendo de la Argentina, por varios motivos concluí vendiendo libros en la esquina de Prat con San Martín, en compañía de Carlos y Danilo Pedamonte. Una estadía esporádica, pero marcada a fuego en la memoria; pues estando ahí, conocí mejor a Carlos, un tipo que siempre iba de buen humor, capaz de, a pesar de los pesares, sonreírle a la vida. «No vendimos ni una huéa, pero puta que nos reímos», era el comentario continuo que soltaba, dejando, sobre la mesa con libros, el vaso de plumavit con el café ya frío o apilando Selecciones del Readers Digest a un extremo de la mesa. Allí llegaban a visitarnos seres tales como Gabriel Amengual, Octavio Báez, Patricio Bonilla, Cristian Muñoz, Esteban “El Wachyman” Vargas, el poeta Eduardo Farías, Eduardo Cuturrufo o Hernán Rivera Letelier, haciendo más amenas esas mañanas en que nos rebuscábamos la moneda de 10 de la mañana a 2 de la tarde.

Carlos, siempre Carlos, a veces, en el tedio de la mañana sin ventas, me hacía saber de su vida. De sus estudios frustrados en pedagogía básica, a causa de un primer hijo en plena lozanía; de sus años en Calama vendiendo seguros y de cómo se volvió loco ante tanto desierto, anhelando el mar de Antofagasta. Llegó a ser el librero de la Casa de la Cultura, cuando junto a don Miguel Morales se plantaron con una mesa con libros ante esta, en plena calle, mientras la remodelaban. Luego tendrían esa puerta 2, en la que se cocinó el mejor rescate nortino que hubo y habrá de la mano de Sergio Gaytán, Gabriel Amengual, el Yogui González, Osvaldo Maya y el mismo Massardo; además del nacimiento de revistas y diarios culturales, tales como Perro vago o InformArte, junto a Jorge Ochoa, entre otros.

Carlos siempre fue un culo inquieto. Fotógrafo de balcones coloniales, pintor de murales junto a Luis Núñez, editor, prologuista de una antología de poesía, escritor en Antofagasta 100 palabras, gestor cultural, coordinador de ferias del libro o barista de su propio carrito de café. No obstante, con lo que me quedo es su amistad, con esa palabra henchida de ánimo que siempre salía de sus labios, con ese modo en joda de saludar rozando con sus dedos la palma del otro. Creo que lo conocí bien, si conocer bien a otra persona significa apreciarlo. Me enseñó a ser padre, pues cuando nació mi beba era tan lozano como él con su primer hijo. Siempre tuvo un consejo o una palabra de ánimo para no fallar en la crianza. Cuando me vine a Coyhaique, le obsequió una noche, sentados con otros amigos en una Schopería de calle Condell, el megáfono que usé en Talento Chileno y en tantas otras performance. Fue mi modo de decirle gracias por tanto. 

Hoy, 31 de agosto de 2020, plena pandemia, Carlitos partió, dejándonos una pena sin él con él mismo adentro. No lo pude llorar como quería, pues me enteré cinco minutos antes de empezar una clase por Zoom y tuve que esperar finalizarla, para largar el llanto que mereció su paso por mi vida. No soy el único que lo hizo, pues Antofagasta se inundó de lágrimas. Lo sé. 

Por teléfono crucé el país para preguntar a algunos lo sucedido, a otros llamé para avisar y con varios, con el teléfono pegado a la oreja, solo lloramos. Su muerte caló insoslayable, al ancla del cerro ahora le falta un cachito. 

Cierro los ojos, en esta noche fría y nevada en la Patagonia, y mi todo viaja allá, a Antofagasta, nuestra tierra que tanto amamos, al último verano compartido. Él bebía vino, yo cerveza, Angélica Canales una papaya. Estábamos en La Leonera y la vida parecía un sitio hermoso para existir. Esa noche, ya borracho, le dije que lo quería y que pese a la distancia lo tenía presente. Cosas de curado. Pero, por lo menos pude hacerlo y no tengo la garganta atorada de esas palabras que mereció su paso por mi vida.

Escribir esto apabulla, pues citando a Juan José Saer: escribir sobre algo es intimar con ello, precisando no solo los aspectos intelectuales, sino también, sobre todo los emocionales, algo: […] más espeso que la vida . Intimo estas palabras con Carlos, por mí, por él, por todos quienes comparten esta pena.

 

Pucha que te vamos a echar de menos, hueón. Ahora brinda un tinto por nosotros con el negro Gaytán y con tantos otros que también partieron; que aquí, amigo, seguirás siendo presente, porque como cantaba Ciro en Los Piojos: 

Muy despacito sobre el abismo volaste. 

Abajo el sol.

Lloro.

Bunker